La gaya ciencia

De los delirios mitificantes del poderío de los hombres
ruge la Naturaleza errante,
que corroe las orillas de las circunstancias impunes.
Yace un cadáver en la costa del río,
naufragante del misterio.
Y de repente,
como quien nada sabe de los milagros de la resurrección,
nace de un capullo disecado
entre páginas de un libro
el nuevo mesías de la mediocridad cotidiana.

Obedecer,
el desgarro de la humanidad.

 

Septiembre 2016
La Antropofagia y la Evidencia

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Abrazo de los árboles

La gama de colores en el cielo, y la neblina que jugaba ribeteando por entre los pies, anunciaban una nueva madrugada de otoño. La noche aún no concluía, pero era empujada levemente al olvido, con el rocío de un nuevo día. Abrió su bolsillo, tomó su cigarrera, y luego tomó de él el último cigarro que le quedaba, posándolo entre los labios y encendiendo su extremo. Había sido una noche turbulenta, cubierta del infame moho de la juerga y la clandestinidad. Como sutil consecuencia, había tomado la insípida y sin sentido decisión de caminar hasta su casa, desde aquel antro del que era ya habitué, a fin de refrescar tal vez un poco, la lucidez que había sido fuertemente sofocada por los jirones del vestido de la noche.

El camino más corto para el retorno a su hogar consistía en la caminata de un par de cuadras, para atravesar luego un oasis de árboles entre las calles, a esas horas desiertas, y luego unas cuadras más. Mientras caminaba bailoteando con su sombra, podían oírse cómo las neuronas sacudían gotones de alcohol, que caían en un plac plac, que coordinaban con el sonido de sus pasos. La sombra que predecía su espectro, tambaleábase de uno a otro lado. Pasaron unos breves momentos apenas, de catatónico silencio, hasta que el súbito aleteo de aves en el cielo desanublaron su visión, y este ser pudo percatarse de que estaba ya en un extremo de esa larga cuadra empapada de un pequeño bosquecillo. Ésta estaba oblicuamente penetrada por un camino imaginario de huellas de zapatos por el que debía caminarse; entretanto éste era obstaculizado por enormes raíces que habían echado los árboles aquellos. Se vio enfrentado en un símil túnel de morfología conífera, donde no se distinguía mucho más que sofocante y espeso negro, compuesto de sombras. Un profundo suspiro fue tragado automáticamente por aquella garganta boscosa, que lo digería con saña, transformándolo sólo en un vago eco. Así, un pie dio el primer paso, y temeroso el transeúnte aquel, instó a penetrar la cuadra.

La lentitud de su caminar y los sentidos ya dormidos perpetuaban la tenuidad del común episodio. No obstante, pudo percibir que algo en aquel bosque perdido escapaba de lo natural. Hojas secas comenzaron a crujir tras él, y el viento parecía susurrar entre las hojas, gritos de espanto. De repente, algo pareció moverse en uno de sus costados; pudo percibir como algo difuminado, una sombra que jugueteaba con su mirada cansada quizás. Frenó su caminar, volteó su cabeza y aseguróse de que ningún extraño perverso lo estuviera por molestar. La oscuridad y el silencio le proveyeron una inquieta calma. Retomó sus pasos, aún titubeante. Una efímera brisa golpeó su cara, y el ardor provocado lo empujó a cerrar los ojos, por un pequeño segundo. Así se encendió el cascabeleo de las hojas que colgaban en el aire, y el sonido de las ramas quebrándose parecía cada vez más cercano.

Paso en falso, y giro de calma a infartante taquicardia. Una raíz de repente moviose para hacerlo trastabillar, y este espectro aún embebido no pudo evitar la caída. De repente, la raíz que había hecho de este ser erecto, ahora de rodillas en el suelo, y muchas otras de los árboles que al hombre rodeaban, comenzaron a enredarsele en las piernas, presionando con una intensidad creciente. No pudo hacer más que atinar a un grito, nacido del diafragma, dejando caer al colchón otoñal el último cigarro que le quedaba. Con sus manos intentó quitarse esas troncosas prensas que estaban triturando las arterias de sus piernas. Fue en vano; las manos fueron captura de otras cómplices, para terminar él siendo víctima de la cruel naturaleza. Su cuerpo quedó en una puja de la que parecía difícil su escapatoria. Las macabras raíces prensaron sus extremidades, tironeándolas hasta separarse de su epicentro.

Se oyó un eco a tejidos destejiéndose, y quebraduras de huesos, que emulaban el crujir de las hojas en otoño.  Y los miembros de aquel se separaron completamente del torso, su torso separose en pequeños retasos óseos investidos de entrañas que aún sostenían el pulso sanguíneo. Suelo desteñido, teñido ahora de hordas del vino coagulado de las tripas.

El sol encandiló la mañana, y el silencio de la tenue madrugada bailó con la melodía de la rutina. Los brazos de los árboles ribeteaban en la atmósfera de la cotidianidad. Sirenas histéricas y uniformes poco agraciados declararon las aberraciones ópticas de un cuerpo hecho pedazos encontrado por un ejercitante en la cuadra boscosa junto a la avenida. Periódicos de días posteriores jurarían que éste sería el primero de muchos asesinatos perpetuados por algún personaje de película policial.

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Agosto 2013 – Agosto 2014

Nimiedades

 

Crisis

De los músculos desganados, surgen mis ganas de no querer abrir los ojos, jamás en la vida. Me torturo pensando. Pienso. Simplemente eso. Intento, cada vez que puedo, escapar de la obscenidad de mis pensamientos. Aquellos fantasmas lúgubres, de ritos de sacrificio, de excesos concebidos. Cuarto menguante, cuarto habitado de mis peores engendros. Mente sollozante, me hace temerle al frío, me provoca gritarle a la pared.

XLIII

MIRAMOS AL CIELO,
nos fundimos en la niebla.
De rocío somos
y el calor nos evapora.
DESEO.
Se nos confunden los ojos,
nos teñimos de la noche.

MIRAMOS AL DESEO,
vamos saltando
de pétalo en pétalo.
De vacío somos,
y el aire nos balancea
de lado
a lado.

CIELO,
se nos entrelazan las pestañas,
nos teñimos de colores.

Nos cansamos de no ser,
jugamos a tropezarnos
con nuestras propias sombras.

Noviembre 2010
Nimiedades

Mentiras que no

I
Moriría antes de saberlo,
lo haría si es que lo necesitase.

De cualquier manera,
hemos de reencontrarnos,
aunque instigando a mi propio ser
para dilatar el tiempo,
forjarlo,
para armarme de valor,
antes de llegar a lo que había previsto ya
desde un primer principio.

II
Mil veces lo he dicho,
no es la forma.
Este no soy yo.

Previo el desesperado sentimiento,
ahora salido de sus cabales.

Y luego,
luego de mí vendrá
la total aceptación,
asimilando el hecho.

Pero no ahora;
éste no soy yo,
soy yo, no yo.

Octubre 2010
Nimiedades

141

Descoser los desiertos que escondiste alguna vez
en las comisuras de los codos,
y encontrarte en los dedos de la mañana,
pernoctando entre cadáveres de flores
que se hacen sombras con el golpe
de la caída de un nuevo día.
Sentir el recorrer de la piel por todos los libros leídos,
verlos derretirse en un “no te vayas”,
las palabras nunca necesitaron decir nada más.
Se pierden los aromas al conjugarlos erróneamente,
los mezclamos tan fácilmente
como terrones de azúcar entre arena húmeda.
Y me hacés darle cuerda a la memoria,
y volver a cuando nuestros ojos
caminaban por el techo,
encontrando animales en los lunares de la madera,
mientras los pies se quedaban encantados
admirando las entrepiernas desmesuradas.
Temía cada vez que un suspiro helaba cruelmente mi cuello,
y susurrabas en mi nariz
los muchos “te quiero” que tu cuerpo exudaba.
Sentir dolor, calor, amor, color.
Morir, y despertarse nuevamente
entre las cenizas de un cigarrillo viejo.
Siento como florecen las astillas en mi espalda,
y bailamos en un volcán de eternidad.
Eternidad, no eterna sino
hasta que nuestros pechos canten.

 

 

 

 

Noviembre 2012

Nimiedades

Agotamiento.
Mis ojos se hunden
En la sombra
Que se forma debajo.
Mi mirada se esconde.
No basta con la realidad.
Y así he de perecer,
Deshojándome,
Como un árbol otoñal,
Como un libro abierto…

Demasiado abierto.

Recojo las uñas del suelo,
Las que dejé caer
Al aferrarme al útero
De mi propio malestar.
No hay más cura que la espera.


Un ciclo interminable,
Un proceso que al fin acaba,
Para otro nuevo comienzo…

Cruel naturaleza.
Rencor que se vuelve
En un justo arreglo,
Por un mal entendimiento.
Suplicio.
Se me retuerce el vientre,
En la espera…
Desmesurada regla.
Asesinato simbólico,
Eclipsando nueve lunas.
Otro instinto maternal deshecho.

 

 Marzo 2010
Nimiedades

Oscura la noche de la angustia.
Te destapa, te descose.
Te remienda con trastos viejos.
Y te vestís amortajadamente.
Te amortajás y esperás.
Y espero,
desesperadamente.
Me recubro los hombros friolentos,
la piel asustada.
Me revierto los párpados,
y espero.
Aborrecer tanta espera.
Desato las cicatrices detrás de mis orejas,
se me desnuda la sonrisa.
A veces lloro un momento,
en silencio,
un momento solamente.
Esperar el aborrecimiento,
esperar sin embargo,
a que el silencio traiga,
quizás a veces,
mañana tal vez,
vorágines más bellas.

Julio 2016

La Antropofagia y la Evidencia

De derrumbes y misterios,
he nadado en los poemas del encanto.
Barroca pero existencial,
plutónico de lo real.
Hoy soy el ágora
De la pesadumbre de la humedad de las mañanas.
Diluyéndome en los cánticos ceremoniales del silencio del alba,
me hallo en las raíces rompientes
del pavimentado de lo urbano.
Cómo descender de los tristes árboles,
para asemejarse al transeúnte aquel,
erecto en la ambigua etiqueta de la mundanalidad.
No soy yo, sino los otros,
que repelan mi respiración.
De tanto en tanto,
me amigo con la soledad.

Agosto 2016

La Antropofagia y la Evidencia